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El flúor y el cuidado dental – La dosis perfecta

No sólo nuestros dientes se benefician de una buena dosis diaria de flúor en nuestro organismo, el resto de nuestro cuerpo encuentra el beneficio del mineral cuando éste nos recorre. Pero como en todos los casos, habrá que tener cuidado, pues cualquier exceso puede pasarnos factura

La mayoría conoce las propiedades beneficiosas que este mineral aporta a la dentadura. Nuestros dentistas insisten en la obligación de cepillarnos los dientes para evitar la formación de sarro y, así, evitar la formación de caries que luego hay que eliminar por medio de limpiezas bucales y empastes. Pero el flúor no sólo tiene que ver con el aspecto sano de los dientes, sino que también colabora con el calcio para el fortalecimiento de nuestro sistema óseo y de las estructuras musculoesqueléticas.

La tan temida osteoporosis encuentra un obstáculo natural en el flúor, encargado de tratarlo para evitar su desarrollo. La misión de flúor continúa en nuestro organismo puesto que nos protege ante las dolencias cardíacas y una posible calcificación de los órganos, además de influir en el brillo de nuestros ojos. Debemos estar alerta, puesto que un uso inapropiado de este mineral cuando se halla en grandes cantidades (fluorosis) anula los beneficios para nuestros dientes convirtiéndolos en desventajas, ya que su exceso se traduce en unos dientes de aspecto carcomido con manchas y picaduras.

Asimismo, en la columna vertebral puede generarse un aumento de la densidad ósea si se abusa del flúor. Si seguimos la línea alimenticia normal, casos extremos como lesiones en las tiroides, alteraciones renales o trastornos en el crecimiento no se dan, puesto que sólo tendrían lugar en el supuesto de una contaminación industrial. La medicación por medio de fármacos tranquilizantes o la inyección de corticoides reduce su presencia en nuestro metabolismo.

Para no dar pie a errores que den al traste con un buen estado de salud dental y ósea, apuntamos que la dosis diaria es 2,5 miligramos en personas adultas. En el agua potable que bebemos diariamente ya hay presencia de flúor y también en otras bebidas habituales como el café o el té.

El pescado es el alimento que mayor cantidad de flúor contiene si lo comparamos con otro tipo de comidas, si bien hallamos cantidades simbólicas en frutas como el albaricoque o la uva, en verduras como la espinaca o los espárragos y en hortalizas como el tomate o el rábano. 


Extraído de Dietas y Adelgazar

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